Nadie sabía que en cuestión de semanas me iba. Aún recuerdo la misma emoción en cada persona cuando les contaba que iba a ocurrir conmigo...
Así que después de mil lágrimas y abrazos con mis padres me puse a ello. Quedé con las personas más importantes y lo conté.
Nadie me dijo nada negativo, nadie me desanimo. Gracias.
Y ahora... ¡preparativos!
Os digo que por tener no tenía ni maleta ni pasaporte... Y sí, ese mismo día fui y compré una maleta.
Durante las siguientes dos semanas contacté con una agencia para que me ayudara con el visado, cogí cita para el pasaporte y para el carnet internacional de conducir (sí, tenía que conducir en Australia, esto ya os lo contaré otro día), tuve que avisar a mi antiguo jefe que iba a dejar el trabajo, anular algunas matrículas de estudios, hablar con mi banco... caótico.
Y lo que parecía que iban a ser unos días largos con familia y amigos... pasaron demasiado rápidos.
Cuando me di cuenta, llegó el último día, el día de las despedidas.
Os juro que nunca he sentido tanto dolor emocional como aquel día.
De lo que aprendí es, que nunca jamás voy a dejarme todas las despedidas para un mismo día. Fue demasiado duro.
Y a la mañana siguiente... estaba metida en el coche dirección Madrid Barajas.
Primer vuelo en toda mi vida, y como no, tenía que ser a lo grande. 18 horas metida en un avión, y sumando escalas y tiempos de espera en aeropuertos... suman el total de un día entero viajando.
Y llegué a Perth.
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